Entretenimiento

Yo vivía en un barco en el Mediterráneo

Alberto Ardila Olivares

—Van a abordar el barco —dijo con voz quieta—, no quiero que ninguna mujer salga a cubierta ni que sea vista en el barco

Ilustración: Negroilustre

Yo vivía en un barco en el Mediterráneo Publicado el 6 de agosto de 2022 Escribe Eugenia Rodríguez Cattaneo en Crónica 19 minutos de lectura “¿Para quién trabajé realmente?”, parece preguntarse la periodista Eugenia Rodríguez Cattaneo en esta crónica de un accidentado viaje a Qatar en un yate de lujo, junto a una tripulación demasiado heterogénea. Nuestro periodismo depende de vos Suscribite por $195/mes Si ya tenés una cuenta ingresá Registrate para acceder a 10 artículos gratis por mes Cómo me convertí en marinera —El Constellation zarpa rumbo a Doha y necesita tripulación —me dijo Lluis, que era su jefe de máquinas.

En un papel me hizo un croquis del Club de Mar, el puerto privado de Palma de Mallorca donde tenía amarrado el barco.

—En la entrada no mires a nadie, sólo sigue de largo y no te pedirán identificación. Cuando encuentres el barco, pregunta por el capitán Santoro.

Me presenté en el Constellation con su recomendación y un currículum falso en todo menos el nombre y la dirección. Cada amigo aportó el nombre de un bar en el que había trabajado y puso su teléfono en las referencias. Lluis declaró conocerme profundamente aunque nos habíamos visto sólo una tarde tomando cerveza en la playa de Puerto Portals, cuando supo que necesitaba trabajo.

—Es la amiga de Lluis —me presentó Ana al capitán.

Giovanni Santoro me miró por la ranura de sus ojos verdes sin levantar la cabeza. Tenía los hombros anchos y encorvados, y la cara llena de arrugas. Andaría por los 60 años, calculé, y todavía era un hombre atractivo. Era el capitán del barco más grande de Club de Mar, y su leyenda, supe después, atravesaba todo el Mediterráneo. Dicen que una vez quisieron abordarlo para una inspección cerca de la costa. El capitán levó anclas y zarpó a todo motor. Cuando la Guardia Civil dio la alerta y enfiló para seguirlo en su lancha, destrabó las escotillas de popa de las que salieron dos metralletas semiautomáticas, que apuntaron a la Marina hasta que llegó a aguas internacionales. En Grecia, en Yemen, en el Caribe, todos conocían su nombre.

—Así que tú eres Eugenia —dijo Santoro, pronunciando “Euyenia”, como suena en italiano.

—Sí —respondí sin agregar nada.

—¿Y has navegado antes?

—No.

—¿Sabes a quién pertenece este barco?

—No.

—¿Sabes dónde queda Catar?

—Más o menos.

Santoro no hizo ninguna mueca. Me siguió mirando un instante más. Tenía un Rolex de oro en la muñeca y la llave de un Bentley en la mano. Jugueteó un instante con la llave del auto y mientras se levantaba trabajosamente me dijo:

—Estás contratada.

En ese instante, se olvidó de mí. Caminó algunos pasos y dijo:

Ana, tú te ocupas, ¿eh?

El barco tenía base en Mallorca, pero zarpaba hacia Doha, la capital de Qatar, para la boda del hijo del entonces emir, Sheikh Hamad bin Khalifa al Thani. Qatar es una península diminuta en el medio del Golfo Pérsico, que, en esa época, a fines de 2004, estaba en plena guerra de Irak. Saddam Hussein había sido capturado en diciembre del año anterior y la pantomima que era su juicio crispaba los nervios a lo largo del mundo árabe. No era fácil conseguir tripulación dispuesta a instalarse allí, incluso por muy buen dinero. Me contrató porque le caí simpática, me dijo Santoro, cuando ya éramos amigos, muchos meses después, en la época en que había caído en desgracia.

Ana, una brasileña rubia de ojos verdes con un cuerpazo escultural, era la chief stewardess , o sea, jefa de camareras.Tenía los labios pintados de rosado fuerte y tanto colorete en las mejillas que parecía una muñeca de plástico. Se vestía y se comportaba como una tonta, pero no lo era.

—¡Felicidades! —me dijo, sonriendo con una sonrisa enorme y falsa, mientras me indicaba que la siguiera.

Bajamos una escalerilla en forma de caracol y avanzamos por pasillos laberínticos, pasando entre enormes refrigeradores y puertas pequeñas. Sentí que me sumergía en las entrañas de una ballena. No había una brizna de polvo, una mancha en las paredes laqueadas ni un dedo marcado en las puertas de los refrigeradores, que brillaban como espejos.

—¡Julius! —saludó Ana con una carcajada abriendo la puerta de una salita toda blanca, de la que emanaba una nube de vapor—. Ella es Eugenia. Va a trabajar con nosotros. Vamos a buscarle un uniforme.

Estábamos —supe después— dos metros bajo el mar. El calor era agobiante, la sala tendría tres metros por dos de ancho y se encontraba llena de tablas de planchar. Julius era un filipino diminuto, de edad indefinida, sonrisa amable y brazos como tenazas. Era el encargado de la lavandería: lavaba, perfumaba y planchaba la ropa de todo el personal cuando estábamos navegando: las camisetas tenían siempre la raya de la manga marcada y los pantalones jamás podían mostrar un frunce. Por dos rodillos enormes pasaba las sábanas, que también tenían que estar perfectamente planchadas. Un tiempo después, cuando las cosas se complicaron, me escondía a planchar con Julius. Era profesor de inglés en su Filipinas natal, había vivido un tiempo en Londres, a donde esperaba volver, y como todos los filipinos que conocía, le encantaba cantar.

En 2004, Catar era un nombre desconocido para la mayor parte del mundo, y su única relevancia internacional era la de albergar las bases estadounidenses desde las que se lanzaban los ataques a Irak. Desde hacía décadas estaba forjando, a base de talonarios, la fama de la que gozó algunos años después: era el emirato más progresista del Golfo, un páramo calcinante en el que sólo hay arena, que albergaba carreras de motos, autos, convenciones internacionales y la colección de arte más valiosa de la región. El Museo de Doha tenía entonces un presupuesto superior al del Moma de Nueva York.

Como se sabe, Catar albergará en 2022 el Campeonato Mundial de Fútbol y ganó la localía bajo la sombra de haber pagado multimillonarias coimas en la FIFA. Algunos de los reparos al anfitrión fueron que durante julio, mes en el que se juega el mundial, en el país hace 60 grados, por lo que la competencia pasó para noviembre. De todos modos, el estadio Khalifa de Doha es una especie de refrigerador gigante: deportistas y público pueden estar a 22 grados aunque afuera arda el infierno.

Ilustración: Negroilustre

La tripulación Julius buscó entre la pila de ropa las camisetas más chiquitas que tenía: dos polo blancas con dos botones y el escudo del Constellation bordado en el pecho.

La tripulación se completó poco a poco. Los que se quedaron habían navegado toda su vida con Santoro. Marcos, un negro gigantesco de Cabo Verde, que parecía subnormal pero hablaba con fluidez todos los idiomas de los barcos en los que había trabajado (creole, español, inglés, italiano, portugués, francés, holandés y alemán). John, un neozelandés que vivía en Mallorca desde hacía diez años. Manolo, un marinero que empezaba su carrera en el mar y que consiguió enlistar como camarera a su esposa checa, Svetlana; enseguida nos hicimos mejores amigas y me enseñó algunas palabras en checo para poder putear en secreto ( kurva y cocot eran nuestra clave: “puta” y “pija”). Estaba Svetlana Busila, rumana de la que sospechamos que había sido prostituta; acopiaba todo los miriñaques que encontraba a lo largo de los mares para hacérselo llegar a su hijo y a su madre, a quienes mantenía en un pueblo cerca de Bucarest. Caroline era una brasileña bajita, amiga de Ana, que se dedicaba a jodernos la vida siempre que podía. Waldir era otro brasileño, que hacía bromas todo el tiempo y al que recurríamos cuando estábamos tristes para alegrarnos el día.

La cocinera principal del barco era Pina, una italiana. Odiaba a Carmen, su asistente, por mala cocinera, a Svetlana, por ser la esposa de un marinero y a la nueva jefa de crew mess (comedor de la tripulación), porque era una advenediza. Era intratable. Ni el capitán se metía con Pina. Había cocinado en una cena a la que estaba invitado el emir de Qatar, en Cannes. Al final de la comida, el emir preguntó quién era la cocinera, la llamaron al salón y la aplaudió de pie. Le pidió que cocinara para él al día siguiente. Después le dijo que quería contratarla para su palacio, pero Pina sólo vivía navegando, nunca en tierra. Entonces el emir le dijo que tenía tres barcos, que cocinara en el barco que ella eligiera, por el dinero que ella quisiera.

Carmen, la ayudante de cocina, era de Madrid. Se había divorciado hacía tres años, cuando descubrió el romance de su marido con la peluquera del barrio, 20 años menor. En homenaje a su nueva vida, viajando y buscando amantes, tenía dos alas tatuadas al final de la espalda.

Los últimos en llegar fueron Alena, una ucraniana jefa de azafatas, y Pino, como segundo al mando, un italiano enorme, exmilitar de la Legión Extranjera francesa. Muchos rumores corrían sobre Pino, pero nunca nadie le preguntó si alguno era cierto. Parecía sólo un gordo simpático y dicharachero hasta la noche de tormenta en la que nos resguardamos a sotavento en las islas Dahlak, frente a Eritrea. Esa noche la milicia local pidió permiso para abordar el barco. El capitán dio la orden por altavoz de que toda la tripulación femenina se quedara en el crew mess y bajara sobre las nueve de la noche.

—Van a abordar el barco —dijo con voz quieta—, no quiero que ninguna mujer salga a cubierta ni que sea vista en el barco.

No se escuchaba más que el crujir de las olas contra el casco del barco. Pino, antes de seguirlo, me dijo, señalando un arma disimulada en la cintura:

Non ti preoccupare, toppolina, ci sono io .

Pero esto fue mucho después. Los días en el barco pasaban serenos, mientras preparábamos todo para la travesía Palma de MallorcaDoha.

El futuro era pura incertidumbre: no sabíamos cuándo zarparíamos ni cuánto tiempo nos quedaríamos en Doha. El mundo se reducía a los días en el barco y las caminatas por el puerto, cada vez más desolado. Cada día alguien contaba que zarpaba un buque, como cuando alguien cuenta que se ha ido un amigo.

La fecha límite era diciembre, porque después empieza el mal tiempo y ningún barco se arriesga a zarpar, al menos, hasta febrero. En la tripulación empezaron a correr los nervios. Un día alguien citó a una reunión en el crew mess y dijo que teníamos que tomar una decisión: exigir la firma de nuestros contratos, asegurar que nos darían una casa al llegar a Doha y pasajes de regreso, o no navegar.

—El emir no quiere que el Constellation vuelva a España.

—¿Cómo volveremos a España?

—¿Nos pagaran los pasajes?

—¿Dónde viviríamos al llegar a Doha?

—¿Cuánto tiempo estaríamos allí?

—El emir nos despedirá a todos y contratará tripulación asiática, que son mucho más baratos.

El barco era un crisol de gente rota, desesperada o perdida. Nos aferrábamos al barco como a la vida misma. Ninguno de nosotros tenía contrato, algunos estábamos ilegales en Europa, otros ni siquiera tenían un lugar al que regresar si desembarcaran. Yo especulé con la posibilidad de volver a Uruguay si el asunto no se aclaraba.

La reunión terminó en medio de un caos de suposiciones y riñas personales que casi llegó a las manos. Marcos, que era incapaz de expresar un argumento en ninguno de los idiomas que hablaba, sentenció:

—Haremos lo que diga el capitán y basta.

La vida en el barco era un Gran Hermano . Pronto hubo bandos, alianzas, enemigos, celos y traiciones.

Aquella tarde Ana me pidió que le subiera un café al capitán en el puente de mando. Mala señal. Era Ana la que siempre le servía el café. Golpeé apenas la puerta y abrí sin esperar respuesta. El puente era enorme, tapizado en madera laqueada, con 160 grados de ventanas al frente. Tenía dos timones, con sillas forradas en cuero legítimo, una mesa central y dos puertas a los costados, que daban a cubierta.

El capitán estaba de espaldas, inclinado sobre las cartas de navegación. Me acerqué despacio y le dejé el café en la mesilla, sin decir nada. Cuando tenía la mano en el picaporte de salida el capitán tronó a mi espalda:

—¡Euyenia!

Giré de un salto. El susto le hizo gracia porque después del bramido se le escapó una risita divertida. Los ojos le brillaban como a un niño en la cara marcada de arrugas. Enseguida se puso serio y dijo:

—Me han dicho que haces bien tu trabajo.

—Gracias —respondí.

—Y que estás preocupada por el viaje.

Me quedé callada, mirándolo. Lo estaba. Además, estaba asustada de estar allí parada.

—Aquí lo único importante es hacer bien el trabajo —siguió—, no escuchar ni hablar nada.

Hizo una pausa. El capitán hablaba despacio. Parecía cansado, la espalda encorvada, las manazas apoyadas sobre la mesa de navegación.

—No habrá problemas en el viaje. Le doy mi palabra.

Me miró un instante más, asintió con la cabeza, dio por terminado el asunto y se giró otra vez sobre las cartas que estaba estudiando.

La vida del barco El capitán estaba en pareja con Ana. Se habían conocido en un baile de disfraces, al que ella fue vestida de Cleopatra y él de Julio César. Bailaron toda la noche y siguieron juntos desde entonces. Ella debía ser unos 25 o 30 años más joven.

Todas las otras relaciones amorosas entre tripulantes estaban estrictamente prohibidas. Fue una de las primeras advertencias que me hicieron. “Nada de amoríos, sólo traen problemas”, era la cansina frase que pronunciaba Santoro, harto de amores eternos que duraban tres meses y terminaban siempre en peleas, celos y rencillas internas. Lo único importante era navegar. “Si quieren estar en pareja, uno de los dos deja el barco”.

El hecho de que él mismo estuviera en pareja con una tripulante no le causaba ningún escozor. La ley era él. Su criterio primaba sobre la ecuanimidad o cualquier otra virtud deseable hacia el trato con las personas. De hecho, en alta mar el capitán puede oficiar de juez, juzgar y hasta celebrar un casamiento.

Cuando preparaba la partida hacia Doha rompió su propia ley y aceptó que la esposa de Manolo, Svetlana, se embarcara como azafata. Se trataba de algo inconcebible para algunos, porque Svetlana tenía una agencia de viajes y de limpiar y navegar no sabía nada, pero perfectamente factible para Giovanni: la estadía iba a ser larga y necesitaba asegurar la lealtad de los tripulantes.

Esta draconiana ley antirromances no era frecuente en los barcos. Tampoco se bebía alcohol, y no sólo porque los dueños fueran musulmanes. Santoro prohibía incluso que hubiera vino en la mesa. En naves de bandera inglesa, las fiestas, el alcohol y las noches de juerga entre los tripulantes eran frecuentes. Después de terminar el trabajo, lo normal era destapar unas cervezas y que el asunto terminara pasada la medianoche con el capitán, los oficiales y hasta el último de los marineros cantando en la popa borrachos como cubas. A veces zarpaban todavía borrachos y no era raro que una tormenta la capearan con resaca. En las naves de tripulación asiática las juergas y las rencillas que terminaban con la llegada de la Guardia Costera no eran extrañas, y los rusos… los rusos eran los rusos. La rigidez de los códigos de conducta de Santoro, en cambio, repelía a muchos navegantes jóvenes, en busca de diversión y aventuras, y lo hacía atractivo para los marineros más avezados, en busca de paz y de adquirir experiencia.

Navegar no es tanto un tema de destreza física o habilidad para las maniobras, sino de resistencia psicológica: 24 horas en un espacio físico reducido enfrentando unas veces dificultades extremas, y otras, el ocio más plomizo. Eso es lo que hay que resistir, e ignorar gestos, palabras, cansancio, agobio, tristeza. Sólo hay que navegar.

La esencia de navegar es la soledad. Los marineros son personas que quieren estar solas. Son personas que han quedado solas o que tienen miedo de estar solas. No hay mejor escondite. Bajo el manto de un viaje que no termina nunca, porque no va a ninguna parte, navegan todos los abandonos, todas las frustraciones y todo lo que nunca van a tener.

A mitad del viaje llegó la tormenta. El cielo estaba negro y el mar estaba negro, todo era oscuridad apenas rota por el chasquido de los relámpagos. El barco hendía la proa en las olas, salpicando espuma blanca que llegaba hasta el ventanal por el que yo estaba mirando, cuatro pisos más arriba. De pronto una ola gigantesca empezó a formarse en el horizonte, como una muralla compacta, hacia la que avanzábamos desarmados. Empecé a rezar. Todo se volvió oscuro, la proa se alzó y la ola descomunal empezó a deslizarse sobre la cubierta como una nave nodriza. La vi volcarse de pronto casi sobre mi cabeza, a la altura del upper deck , estallando en medio de un estruendo que hizo temblar el barco como si fuera un juguete. Cerré los ojos con fuerza cubriéndome la cabeza con los brazos. Cuando el temblor pasó los abrí despacio. El barco ya se alzaba sobre una ola otra vez, y caía de golpe. Seguí rezando y contando las olas, paralizada de miedo, no sé cuanto rato.

Antes de caer la tarde ya todo estaba oscuro. Pino avisó que si la tormenta no amainaba buscaríamos refugio a sotavento en las islas de Eritrea que estaban a medio día de distancia. Al llegar la noche, el viento amainó un poco. El capitán y los oficiales no se movieron del puente. Jaime y Gil no se movieron de la sala de máquinas. En el crew mess todo era oscuridad y silencio. Alena, que había vivido varias tormentas, mantenía la calma. Intenten dormir donde el mar se sienta menos, recomendó, y supimos después que se había ido a dormir al salón de los reyes, que daba a la proa. Luminitza hacía las previsiones más espantosas. A Caroline le dio un ataque de llanto y vociferaba que Dios sabía lo que hacía. Entonces salió Pina de su camarote que daba directo al crew mess y las mandó a callar a todas. Esto era una tormenta y nada más.

Nos durmió el cansancio. A la mañana siguiente todos éramos sombras que nos arrastrábamos por los rincones. Carmen llevaba dos días sin salir de su cama y el capitán dos días sin moverse del sillón del puente. Johnatan había tenido la misma idea que yo de mirar el mar desde la ventana sobre el jacuzzi y había terminado durmiendo allí entre los almohadones apilados. Lena en el comedor principal. Gil en la moqueta del salón.

Había previsión de dos días de mal tiempo. El capitán pidió autorización a Eritrea para refugiarse en su territorio y pusimos proa a un pequeño archipiélago en medio del Mar Rojo.

Ilustración: Negroilustre

Vimos los islotes acercarse muy despacio entre la lluvia y la niebla. Llegamos cuando ya era noche cerrada. Tiramos anclas en la bahía; las cadenas crujían, pero el barco estaba firme. Notamos que no había nadie tranquilo a bordo. Todos se movían agitados. Escuchamos que hablaban por radio. El capitán bajó al crew mess y fue entonces cuando nos dijo que no quería que se viera a ninguna mujer fuera de los camarotes: “El ejército va a abordar para inspeccionar el barco”.

Sin dar más explicaciones dio dos golpes en la mesa y salió hacia cubierta. Yo estaba petrificada de pánico. También fue entonces que Pino me miró un momento y me señaló su arma, para tranquilizarme. Después siguió a Santoro con paso apurado. Quedamos desconcertados.

¿Por qué el miedo a los controles del ejército? Éramos el barco del rey.

La duda se disipó cuando los vimos a través de las cámaras de seguridad. Sentí algo parecido al filo de una uña bajándome por la columna vertebral.

Desde la negrura del mar empezó emerger una hilera de hombres armados con metralletas. Vestían uniformes raídos y desastrosos, con las boinas puestas de cualquier forma sobre la cabeza. Apenas distinguíamos las caras en la oscuridad de la noche, apenas unos ojos brillantes que pasaban frente a las cámaras mirando desafiantes. Se movían como gacelas, deslizándose uno tras otro hasta alcanzar la cubierta.

Estábamos en una isla cuyos únicos habitantes eran los militares de la base naval que estaban subiendo al barco, indistinguibles de un abordaje pirata, y nos rodeaba una tormenta que hacía imposible mover la nave. Era una trampa para ratones.

Los vimos subir y bajar escotillas, recorrer las cubiertas, hasta que pidieron para inspeccionar los camarotes. El capitán les pidió que se descalzaran, para no ensuciar la moqueta con las botas.

Llegada a Doha Llegamos a Doha una tarde lluviosa. Hacía dos años que no llovía. La gente se abrazaba, se felicitaba, caminaba bajo el agua y agradecía al cielo. El agua en el desierto es una bendición, pero hacía ya muchos años que Doha había solucionado el asunto de la dependencia de la lluvia.

La península de Catar es un gran trozo de desierto flotando sobre gas y petróleo. Kilómetros y kilómetros de dunas amarillas sobre un mar de agua aceitosa. Durante el día hay 40 grados, hasta 60 en verano. En la tierra no crece una sola planta que los cataríes coman, ni una sola flor de las que adornan sus plazas. Prácticamente, el cien por ciento de su consumo es importación extranjera, que el Estado paga con los ingentes ingresos que le generan las exportaciones de gas y petróleo. Quedó en evidencia durante la crisis diplomática de 2017, cuando el país se enfrentó a otras naciones árabes, lideradas por Arabia Saudita, bajo la acusación de patrocinar el terrorismo, y sufrió un bloqueo internacional. Catar pudo paliar con reservas el enorme costo que le implicó realizar sus importaciones por aire y por mar, y fue recién entonces que empezó a producir, por ejemplo, su propia leche, importando vacas desde Estados Unidos.

Catar tiene también el mayor ingreso per cápita del mundo, esto es: todos los cataríes son ricos. Flotar en la abundancia marcó nuestra estadía en Doha desde el primer día.

Además de la sorpresa de que los hombres estuviesen vestidos todos de blanco y las mujeres todas de negro como si fuera un juego de ajedrez, lo más impactante era ver todas las vidrieras llenas de objetos de oro. Diez minutos después de recorrer la ciudad y los centros comerciales en Doha, a una le empieza a parecer normal comprarse un Rolex. Tiende a querer acumular perfumes, pañuelos de seda o iPhones. Todo parece estar al alcance de la mano. Todo parece posible.

Los primeros días vivíamos en el barco, a la espera de que se nos adjudicara un lugar donde vivir. El Constellation era el barco del rey y, por lo tanto, era objeto de todos los privilegios posibles. El mejor lugar en el puerto, la salida más rápida hacia la ciudad y el abastecimiento garantizado de cualquier necesidad que tuviera la tripulación. En el puerto nos esperaban dos camionetas Land Cruiser y un minibús, que quedaron a nuestra disposición durante toda la estadía.

El trato hacia los empleados del rey era una forma de respeto hacia el monarca. Especulamos con que nos otorgarían una o dos grandes casas en un barrio cerrado, donde viviríamos todos los tripulantes juntos. Algo así había sucedido en una estadía anterior, cuando trajeron el Maracunda. Toda la tripulación vivía en una gran mansión de tres pisos, con piscina y canchas de tenis, como en Gran Hermano . Esta vez fue diferente: nos adjudicaron un edificio. Tenía 10 plantas, 40 apartamentos a estrenar, sobre la calle Al Sousse, a pocas cuadras de la avenida comercial Al Saad Street.

Después de muchas especulaciones, se definió que quienes eran pareja podrían tener un apartamento juntos, los oficiales tendrían un apartamento para ellos solos si querían, y los demás debíamos coordinar en parejas según nuestras preferencias. En Qatar estaba prohibida la convivencia entre personas de distinto sexo que no estuvieran casadas. El propietario del edificio podía denunciarlo a la policía si detectaba una convivencia ilegal y las complicaciones eran serias. El capitán, como siempre, estaba eximido de culpas. A mí me tocó con Alena.

Una tarde fuimos todos juntos al banco a abrir nuestras cuentas. El capitán tenía la orden de dejar de pagar en efectivo y hacerlo a través de depósito bancario. Hasta ese día, cada último viernes del mes el capitán nos llamaba uno a uno a su despacho, nos entregaba un sobre con el dinero y nos hacía firmar un recibo en papel. Yo guardaba el dinero en un sobre pegado debajo del cajón de mi cómoda. Llegué a tener allí miles de dólares, en un fajito muy apretado que contaba de vez en cuando.

En Doha los bancos no tenían más seguridad que un supermercado. Ni puertas blindadas, ni cajeros detrás de vidrios ni rejas. El hall del Banco de Catar parecía la entrada a un hotel de lujo, con piso decorado con arabescos, mullidos sillones y un enorme escritorio circular delante de los funcionarios. Había un guardia policial, creo recordar. Sobre el larguísimo mostrador de madera, fajos de billetes a la vista de todos eran contados y guardados.

Delante de mí había un anciano apoyado en dos bastones que con mucha dificultad consiguió poner un maletín sobre el escritorio. Sin marcar ningún código apretó la cerradura del maletín, que se abrió automáticamente dejando ver el contenido compacto en billetes de mil. Trabajosamente los sacó y los ordenó al costado, en una pila bastante alta que ocupaba un espacio considerable frente a la caja. Nadie se giró siquiera a mirarlo. Recuerdo que Waldir me dijo por lo bajo:

—Esto en Brasil tendría seguro una balacera y dos o tres muertos en la huida.

Waldir y yo llevábamos nuestro dinero en un bolsillo escondido casi debajo de los calzones. Después de depositarlo, el anciano salió como había venido, lentamente, con el maletín vacío.

La inseguridad no existía. No era parte de nuestras vidas. No le temíamos a nada. Nada podía salir mal. Trabajábamos para el rey.

Sólo al llegar supe que trabajaba para uno de los hombres más ricos del mundo: Sheikh Hamad Bin Khalifa Al Thani, entonces emir de Catar, padre del actual emir, Sheikh Tamim. Mi contribución al imperio de los Al Thani consistía en fregar los pisos, pulir con cera las paredes y rebanar el pan para la tripulación de My Yatch Constellation, uno de sus yates de lujo. Para ser exacto, con el yate que usaba con su segunda esposa, la todopoderosa Sheikha Moza bint Nasser Al Misned. El emir no tomaba un helado sin consultarle.

En el submundo de la navegación deportiva y de lujo el tamaño del yate era un asunto de primer orden. El Lady Moura, de uno de los hombres más ricos de Arabia Saudita, es decir, del mundo, de 105 metros de eslora, y el Pelorus, de 115, perteneciente entonces al magnate ruso Roman Abramovich, eran nuestra directa competencia. Uno tenía un helipuerto, otro un quirófano de lujo. Los beneficios para sus tripulantes eran otro gran diferencial: había quienes tenían dos tripulaciones completas, que alternaban trabajo y descanso cada seis meses.

La familia Al Thani tenía dos yates idénticos del astillero holandés Oceanco, de 80 metros de eslora, My Constellation y Stargate, con base en Palma de Mallorca y Cannes. Tenían otro de igual diseño pero de 95 metros de eslora, el Almirkab, que fue en su momento el yate más grande del mundo jamás construido. En el puerto de Doha tenían otro, que ahora parecía pequeño, de 60 metros, el Maracunda. Varios miembros de la tripulación habían trabajado en otros yates de la familia, y yo misma estuve luego dos temporadas en Stargate como camarera. Después los vendieron y compraron otros más grandes.

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