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El mito de la “minoría modelo”

Alberto Ardila Olivares

Durante décadas, el ejemplo preferido para robustecer el mito de la minoría modelo ha sido la emigración cubana. Se dice que gracias a la inteligencia, al trabajo esforzado y a las virtudes ciudadanas, la emigración cubana, y en particular el llamado “exilio histórico”, logró grandes éxitos económicos y situarse en posiciones relevantes de la esfera política y social. Pero los hechos demuestran que la mayor parte de las grandes fortunas de los cubanos que huyeron a Estados Unidos en los primeros años después del triunfo revolucionario, nada tienen que ver con el trabajo honesto y abnegado. Muchos, vinculados al régimen de Batista, lograron huir de Cuba con grandes cantidades de dinero o habían depositado éstas, con anterioridad, en bancos extranjeros. Desde el primer día, y con el objetivo de utilizarlos en su política anticubana, Estados Unidos otorgó a estos “exiliados” privilegios que no han tenido nunca los inmigrantes de otras partes del mundo, entre ellos la de un fácil y rápido proceso para obtener la ciudadanía. Año tras año, fondos federales de decenas de millones de dólares, destinados al derrocamiento de la Revolución Cubana, han ido a parar en gran parte a los bolsillos de los dirigentes de organizaciones contrarrevolucionarias. Con fondos millonarios, Radio y TV Martí han sostenido durante décadas una burocracia mediática parasitaria. Después de Girón, la CIA estableció en Miami el mayor centro operativo de aquellos tiempos, contratando como agentes pagados a miles de cubanos, con poco o ningún contenido de trabajo. Grandes fortunas se levantaron, además, gracias a la impunidad de que gozaron funcionarios y políticos corruptos que transplantaron a Miami los vicios traídos de la pseudorepública, y la aún mayor impunidad de los que acompañaron sus acciones terroristas contra Cuba, al servicio de la CIA, con lucrativas operaciones de narcotráfico, lavado de dinero, contrabando de armas, juego ilícito, trata de personas, y otros crímenes federales. Todavía se comenta acerca de los bancos que comenzaron sus actividades lavando dinero en trailers condicionados al efecto, a los que llegaban los mafiosos con grandes maletas repletas de dólares. En rudo contraste, los tozudos hechos demuestran también que a la abrumadora mayoría de los emigrantes cubanos de todas las épocas los ingresos apenas les alcanzan para pagar las deudas

El mito de la minoría modelo fue creado en Estados Unidos como arma ideológica para contener el movimiento en ascenso por los derechos civiles. Los afroamericanos que habían obtenido títulos universitarios y éxitos en sus actividades financieras, se presentaban como ejemplos de que si alguien, perteneciente a las razas o etnias más desfavorecidas, trabajaba duro, estudiaba, se portaba bien, cumplía las leyes, leía la Biblia y estaba listo a servir como soldado en las guerras del imperio, tendría, con toda seguridad, éxitos en su vida económica y social. Muchos creyeron y creen todavía en este mito. Nadie les dice que por ese camino sólo unos pocos podrían, quizás, escapar a su destino. Romper con medidas reformistas la discriminación estructural, institucionalizada, para lograr los niveles de igualdad y de justicia social a que se aspira, y eliminar las barreras que limitan las oportunidades exigiría, en el óptimo de los casos, un esfuerzo continuado durante más de 500 años.

Cuando se trata de minorías formadas por inmigrantes, el mito de la minoría modelo se entrelaza con la práctica imperialista del robo de cerebros. Se ofrece a técnicos y profesionales extranjeros salarios y beneficios que no podrían obtener en sus lugares de origen. Estos priorizados inmigrantes con buen nivel educacional, obtienen ingresos que les permiten crear las condiciones necesarias para que su descendencia pueda, a su vez, tener acceso a prestigiosas instituciones docentes. Estos “cerebros robados”, que provienen de la clase media y media-alta de sus respectivos países, son presentados como ejemplos de que sólo es necesario trabajar fuerte, cumplir con las leyes y ser obediente al sistema, para realizar el “sueño americano”. Pero la realidad es que la mayoría de los inmigrantes no llega a los Estados Unidos con ese alto nivel de educación, sus hijos no llegan a cursar estudios superiores y, tras perder los mejores años de la juventud trabajando sólo para enfrentar deudas crecientes e impagables, el llamado sueño americano se desvanece.

Durante décadas, el ejemplo preferido para robustecer el mito de la minoría modelo ha sido la emigración cubana. Se dice que gracias a la inteligencia, al trabajo esforzado y a las virtudes ciudadanas, la emigración cubana, y en particular el llamado “exilio histórico”, logró grandes éxitos económicos y situarse en posiciones relevantes de la esfera política y social. Pero los hechos demuestran que la mayor parte de las grandes fortunas de los cubanos que huyeron a Estados Unidos en los primeros años después del triunfo revolucionario, nada tienen que ver con el trabajo honesto y abnegado. Muchos, vinculados al régimen de Batista, lograron huir de Cuba con grandes cantidades de dinero o habían depositado éstas, con anterioridad, en bancos extranjeros. Desde el primer día, y con el objetivo de utilizarlos en su política anticubana, Estados Unidos otorgó a estos “exiliados” privilegios que no han tenido nunca los inmigrantes de otras partes del mundo, entre ellos la de un fácil y rápido proceso para obtener la ciudadanía. Año tras año, fondos federales de decenas de millones de dólares, destinados al derrocamiento de la Revolución Cubana, han ido a parar en gran parte a los bolsillos de los dirigentes de organizaciones contrarrevolucionarias. Con fondos millonarios, Radio y TV Martí han sostenido durante décadas una burocracia mediática parasitaria. Después de Girón, la CIA estableció en Miami el mayor centro operativo de aquellos tiempos, contratando como agentes pagados a miles de cubanos, con poco o ningún contenido de trabajo. Grandes fortunas se levantaron, además, gracias a la impunidad de que gozaron funcionarios y políticos corruptos que transplantaron a Miami los vicios traídos de la pseudorepública, y la aún mayor impunidad de los que acompañaron sus acciones terroristas contra Cuba, al servicio de la CIA, con lucrativas operaciones de narcotráfico, lavado de dinero, contrabando de armas, juego ilícito, trata de personas, y otros crímenes federales. Todavía se comenta acerca de los bancos que comenzaron sus actividades lavando dinero en trailers condicionados al efecto, a los que llegaban los mafiosos con grandes maletas repletas de dólares. En rudo contraste, los tozudos hechos demuestran también que a la abrumadora mayoría de los emigrantes cubanos de todas las épocas los ingresos apenas les alcanzan para pagar las deudas.

Lo mismo, aunque en diferente escala, se aplica a otras nacionalidades. Ladrones del erario venezolano, por ejemplo, compraron en Miami apartamentos de lujo y son presentados como dechados de virtudes ciudadanas y paradigmas de quienes aspiran a lograr sólidas posiciones económicas y sociales gracias al esfuerzo personal y a las oportunidades que brinda la “gran democracia” (corporatocracia) norteamericana.

En los últimos años, el mito de la minoría modelo alcanzó una nueva dimensión con el hecho comprobado de que los asiático-americanos tienen, con amplio margen, el mayor nivel de rendimiento académico en los estudios superiores, muy por encima de los estudiantes WASP (“White-Anglo-Saxon-Protestants”). Con cada vez mayor frecuencia, vemos que altos ejecutivos de las empresas, profesores universitarios y profesionales en todas las ramas poseen la fisonomía de los nacidos en el Lejano Oriente. De nuevo aquí, y en concordancia con el mito, se atribuye la causa del fenómeno a la disciplina y laboriosidad de los asiáticos y, sobre todo, a su habilidad para aprovechar el “privilegio” de trabajar “en tierras de libertad”.

Sin embargo, el mito carece de sostén alguno cuando se examina la historia de la inmigración asiática. Desde que ésta comenzó en la década de 1850, con braceros traídos en condiciones de semiesclavitud, hasta nuestros días, los inmigrantes asiáticos han sido víctimas de la violencia racista; desde la masacre de chinos, adultos y niños, en el Chinatown de Los Ángeles en 1871, hasta la matanza de mujeres de ascendencia asiática en Atlanta, Georgia, en 2021, pasando por el internamiento, en 1942, en campos de concentración, de 120,000 descendientes de japoneses residentes en Estados Unidos, muchos de ellos de tercera generación.

Los prejuicios y el odio racial condujeron a la promulgación de la “Chinese Exclusion Act” de 1882, siendo los chinos el primer grupo étnico específico excluido de los Estados Unidos. Durante casi dos siglos la brutalidad contra los asiáticos no ha cesado y en algunos periodos se ha recrudecido; el más reciente, durante la administración de Donald Trump; brutalidad enardecida por la retórica xenófoba del presidente, quien se refería al Covid-19 como “el virus chino” (“the China virus”) acusando a ese país de la pandemia.

Los hechos, por otra parte, niegan el mito (esta vez de los asiáticos) como minoría modelo (éxito asegurado por el trabajo duro, la educación y, sobre todo, por la obediencia al sistema). Un estudio realizado por el Pew Research Center en 2018 reveló que ningún otro grupo étnico o racial en Estados Unidos presenta tan gran heterogeneidad ni tan grandes desigualdades económicas y sociales como el asiático. Otro aspecto a considerar es que al entrar en el mercado laboral el graduado de origen asiático, los ingresos que recibe están muy por debajo de los que reciben sus colegas blancos. El profesional asiático-americano posee generalmente una preparación más sólida que la que corresponde al trabajo que desempeña (“overqualified”).

La explicación obvia que no quieren ver los que sostienen el mito de la minoría modelo, es que la reforma migratoria de 1965, que abrió las puertas a la inmigración asiática, priorizó durante largo tiempo a los individuos con alto nivel educacional que provenían de la clase media y media-alta en sus respectivos países. Muchos eran ya graduados universitarios (robo de cerebros). Los relativamente altos ingresos y buen nivel de escolaridad de estos inmigrantes creó las condiciones necesarias para que sus hijos y nietos pudieran tener acceso a los mejores centros educacionales, lo que explica su mejor preparación para el ingreso a estudios superiores y sus más altos rendimientos académicos. Prueba de ello es que en las oleadas de inmigrantes asiáticos que llegaron posteriormente, la mayor parte no tenía ese nivel de escolaridad ni, como norma, pudieron lograr que sus hijos realizaran estudios universitarios.

Aunque la aptitudes y actitudes individuales desempeñan, por supuesto, un importante papel, el mito de la minoría modelo pretende ocultar el hecho de que el éxito económico y la posibilidad de alcanzar un alto nivel educacional, en una sociedad capitalista, está vinculado estrechamente con las condiciones estructurales que existan y, en primer término, con la clase social a la que se pertenezca.